El artista y el pueblo

¿Hubiera cambiado la percepción del momento histórico no recortar a la comunista Rosario del Olmo —seudónimo de María Enciso — de la famosa foto de Antonio Machado tomada en el Café de las Salesas el 8 de diciembre de 1933? ¿Hubiera cobrado la misma fama dicha fotografía? ¿Podía cobrarla mostrando a una enemiga del capitalismo del ‘star system‘ naciente tras la I Guerra Mundial? El retrato del auténtico instante sirvió para ilustrar la entrevista, “Al comenzar el año 1934. Deberes del arte en el momento actual.”, en el periódico de corte progresista La libertad, el 12 de enero de 1934. Como curiosidad y, por identificar también al mozo que aparece reflejado en la luna de esta instantánea de Alfonso Sánchez García —el fotógrafo fue otro depurado, finalizada la guerra se le retiró el carné de periodista—, reseñar que debía responder al nombre de Braulio y a los apellidos de González Cabanillas.

 Benditos camareros de aquella época. Y resto de colectivos, especialmente los gremios letrados, a excepción de los juristas en los que recayó la preeminencia frente al legislativo —popular—, y en los que reside la actual atadura constitucional, una de las principales diferenciaciones entre la Constitución de 1931 y la de 1978 . El mero hecho de saber leer y escribir, junto a la posibilidad de haber tenido acceso a tal o cuál documento en determinada institución, conllevaba la delación inquisitorial y la más que probable pena de muerte —búsqueda de víctimas —. Eso cuando no se trataba única y exclusivamente de la codicia de un bien ajeno, de la mujer del prójimo, o de la envoltura en la bandera para adquirir honorabilidad y evitar ser juzgado por la república.

 La república y su Constitución de 1931 materializaron, entre otros muchos derechos, el sufragio activo y pasivo de la mujer (artículos 36 y 53), florero incluida, posibilitando que la derecha recuperara el gobierno el 19 de noviembre de 1933. Desde ese momento y hasta el golpe de estado del 18 de Julio de 1936, los artistas, ante la imposibilidad de inhibirse, con su autonomía y desde sus abstracciones, dieron razones increíbles.


Al comenzar el año 1934. Deberes del arte en el momento actual.

Entrevista a Antonio Machado del 8 de diciembre de 1933 en el Café de las Salesas de Madrid, que saldría publicada en el periódico progresista La Libertad (Madrid) el viernes 12 de enero 1934.

Comienza un año que, si no decisivo, parece por lo menos trascendental para el mundo entero. Son muchos los problemas pendientes, y los síntomas que pueden advertirse, más que de resolución, son de agudización de todos ellos. En el orden económico, en el político y en el social, la crisis reviste caracteres de gravedad extraordinarios. Cada minuto que transcurre representa una quiebra incalculable de millones; el fracaso de un sistema político, el aumento de esa inmensa catástrofe que es el paro obrero, la inminencia del peligro de guerra… Cada hora que pasa supone un incidente de temibles consecuencias para las relaciones internacionales, significa la turbia gestación de un golpe de Estado en cada país…

 En estas circunstancias, los hombres del Parlamento y los del foro, los de las organizaciones obreras, los representantes de la industria y el comercio, los de las fábricas y Universidades, casi todos, en fin, manifiestan sus opiniones y orientan sus actividades, desde sus respectivos puntos de vista, hacia ese fin común de la lucha social. Se ha abierto no un paréntesis —todos saben ya que la batalla será decisiva y que se avecina una conmoción, de la que se salvarán escasos valores actuales (exclusivamente los que posean un mérito universal y perdurable auténticos)—, sino una tregua, durante la cual se toman posiciones para el combate.

 ¿Y los artistas? Por sensibilidad están obligados a captar el mensaje de esta hora histórica, de este fin de ciclo, de este rojo alumbramiento de otro cuyos perfiles se dibujan ya en el país que sirve de unión a Oriente y Occidente. ¿Para defender la causa que abracen libremente? Así será de todos modos puesto que ya el inhibirse supone una complicidad significativa. La «torre de marfil» es muro desde donde se ametralla. La autonomía del arte disculpa increíble. El artista que permanezca indiferente al dolor de esta época, erizada de contradicciones, no es sólo un egoísta. Desde sus abstracciones cumple (es posible que a veces hasta sin advertirlo) una misión activa. Especulando con la belleza inmaterial, con la forma absoluta, engaña o anestesia. Sirve, desde luego, unos fines no siempre claros.

 La conciencia de que ha llegado el momento de penetrar en ese sector, un poco hermético del arte en general, nos lleva a iniciar una serie de entrevistas con los más significados representantes del mismo, para conocer su opinión acerca del problema expuesto sobre la base concreta del tema: «Deberes del arte en el momento actual.»

 Iniciamos hoy nuestros trabajos con el gran poeta Antonio Machado, que no ha rehuido el tema ni ha soslayado su opinión.

 —¿Cuáles cree que son los deberes del arte en los momentos actuales? —le preguntamos.

 Y nos responde:

 —Confieso que su pregunta me coge un poco desprevenido. ¿Tiene el arte deberes que cumplir, tareas concretas que realizar semejantes a deberes? Yo no me atrevo a afirmarlo, ni a negarlo tampoco. El arte ha proclamado muchas veces su autonomía dentro de la totalidad de la cultura, la absoluta libertad para producirse, el derecho de no obedecer a ley alguna que no emane de él mismo. Si esta pretensión no es vana, los deberes del arte serán deberes estéticos, muy difíciles de definir y más aún de asimilar a los derechos propiamente dichos, que son los morales. Pero el arte también ha estado muchas veces al servicio de algo que no es el arte mismo. Los Siglos de Oro, en general, han sido modestos. Lope de Vega se propuso divertir con sus comedias, no ya al pueblo, sino al vulgo; Corneille y Racine escribieron para solaz de una corte; Fideas consagró su arte al culto de una diosa local; Píndaro fue un jaleador de los atletas helénicos. En verdad, la independencia absoluta del arte es un concepto romántico de la gran época de los superlativos, que no fue —dicho dea de paso— específicamente artista. La teoría posterior del arte por el arte ha acompañado a una producción decadente.

 Digo todo esto para demostrarle que no soy un fanático de la salvaje independencia del arte, y que su pregunta no me parece absurda, aunque yo no acierte a responderla de una manera rotunda.

 Por eso vuelvo sobre ella: «¿Qué deberes tiene el arte en los momentos actuales?»

 Acaso el deber del arte en los momentos actuales, como en todo momento, sea el de ser actual. Si la actualidad del arte no fuera algo inherente a su propia naturaleza, habría que imponérsela como un deber. Pero no hay verdadero arte que no sea actual, es decir, de su tiempo, del tiempo en que se produce.

 —¿Y qué opina usted de nuestro tiempo?

 —Para el artista, y, en general para el hombre, los momentos actuales tienen una enorme importancia, en cuanto son los que él precisamente vive. Desde un punto de vista más objetivo, los momentos actuales pudieran no tener la importancia que se les atribuye. Algunas veces he pensado que acaso en esta época nuestra, este primer tercio del siglo XX, con su guerra mundial, sus conmociones sociales, etc., pudiera ser una de las épocas más insignificantes de la Historia.

 ¿Qué pasa hoy en el mundo que tenga la importancia y la trascendencia de la ciencia nueva de Galileo, de la reforma de Lutero, de las revelaciones del Cristo, de las charlas de Sócrates con los jóvenes de Atenas? Realmente, no sabemos si ha pasado algo importante en nuestro tiempo.

 Pero estas consideraciones, más o menos escépticas, no eximen al artista de vivir su tiempo y aun de amarlo y sentirlo profundamente.

 En cuanto al arte moderno —tenga o no deberes concretos que cumplir— es muy posible que acabe por prescribírselos, aunque sólo sea para curarse de sus inquietudes, un tanto hueras, y de su gran desorientación. Los tiempos que corremos son más de disciplina que de libertad, y esto ha de acusarse en el arte de alguna manera. La poesía, especialmente, ha de tender a desindividualizarse y a aceptar la norma comunista —empleo esta palabra por ser de su agrado—, quiero decir de comunión cordial entre los hombres. Porque pasó el tiempo del solipsismo lírico, en que el poeta se canta y escuha a sí mismo. El poeta empieza a creer en la existencia de sus prójimos y acabará cantando para ellos.

 Así me ha hablado el gran poeta. Bellas palabras las suyas para vestir dignamente las hermosas ideas expuestas y para iniciar con brillantez estas informaciones.

[La Libertad, 12 de enero de 1934]
Rosario del Olmo · Antonio Machado


Sobre la defensa y difusión de la cultura

Antonio Machado, La Vanguardia (Barcelona), viernes 16 de julio 1937

El poeta y el pueblo

Cuando alguien me preguntó, hace ya muchos años, ¿piensa usted que el poeta debe escribir para el pueblo, o permanecer encerrado en su torre de marfil –era el tópico al uso de aquellos días– consagrado a una actividad aristocrática en esferas de la cultura sólo accesibles a una minoría selecta?, yo contesté con estas palabras, que a muchos parecieron un tanto ingenuas: «Escribir para el pueblo –decía un maestro– ¡qué más quisiera yo! Deseoso de escribir para el pueblo, aprendí de él cuanto pude, mucho menos –claro está– de lo que él sabe. Escribir para el pueblo es, por de pronto, escribir para el hombre de nuestra raza, de nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas de inagotable contenido que no acabamos nunca de conocer. Y es mucho más, porque escribir para el pueblo nos obliga a rebasar las fronteras de nuestra patria, escribir para los hombres de otras razas, de otras tierras y de otras lenguas. Escribir para el pueblo es llamarse Cervantes, en España; Shakespeare, en Inglaterra; Tolstoi, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra. Tal vez alguno de ellos lo realizó sin saberlo, sin haberlo deseado siquiera. Día llegará en que sea la suprema aspiración del poeta. En cuanto a mí, mero aprendiz de gay-saber, no creo haber pasado de folklorista, aprendiz, a mi modo, de saber popular.

Mi respuesta era la de un español consciente de su hispanidad, que sabe, que necesita saber cómo en España casi todo lo grande es obra del pueblo o para el pueblo, cómo en España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular. En los primeros meses de la guerra que hoy ensangrienta a España, cuando la contienda no había aún perdido su aspecto de mera guerra civil, yo escribí estas palabras que pretenden justificar mi fe democrática, mi creencia en la superioridad del pueblo sobre las clases privilegiadas.

Los milicianos de 1936

Después de puesta su vida tantas veces por su ley al tablero…

I
¿Por qué recuerdo yo esta frase de don Jorge Manrique, siempre que veo, hojeando, diarios y revistas, los retratos de nuestros milicianos? Tal ves será, porque estos hombres, no precisamente , sino pueblo en armas, tienen en sus rostros el grave ceño y la expresión concentrada o absorta en lo invisible, de quienes, como dice el poeta, «ponen al tablero su vida por su ley», se juegan esa moneda única –si se pierde, no hay otra– por una causa hondamente sentida. La verdad es que todos estos milicianos parecen capitanes, tanto es el noble señorío de sus rostros.

II
Cuando una gran ciudad –como Madrid en estos días– vive una experiencia trágica, cambia totalmente de fisonomía, y en ella advertimos un extraño fenómeno, compensador de muchas amarguras: la súbita desaparición del señorito. Y no es que el señorito, como algunos piensan, huya o se esconda, sino que desaparece –literalmente–, se borra, lo borra la tragedia humana, lo borra el hombre. La verdad es que, como decía Juan de Mairena, no hay señoritos, sino más bien «señoritismo», una forma, entre varias, de hombría degradada, un estilo peculiar de no ser hombre, que puede observarse a veces en individuos de diversas clases sociales, y que nada tiene que ver con los cuellos planchados, las corbatas o el lustre de las botas.

III
Entre nosotros, españoles, nada señoritos por naturaleza, el señoritismo es una enfermedad epidérmica, cuyo origen puede encontrarse acaso en la educación jesuítica, profundamente anticristiana y –digámoslo con orgullo—perfectamente antiespañola. Porque el señoritismo lleva implícita una estimativa errónea y servil, que antepone los hechos sociales más de superficie –signos de clase, hábitos o indumentos– a los valores propiamente dichos, religiosos y humanos. El señoritismo ignora, se complace en ignorar –jesuíticamente– la insuperable dignidad del hombre. El pueblo, en cambio, la conoce y la afirma, en ella tiene su cimiento más firme y la ética popular. «Nadie es más que nadie» reza un adagio de Castilla. ¡Expresión perfecta de modestia y de orgullo! Si, «nadie es más que nadie» porque a nadie le es dado aventajarse a todos, pues a todo hay quien gane, en circunstancias de lugar y de tiempo. «Nadie es más que nadie», porque –y éste es el más hondo sentido de la frase–, por mucho que valga un hombre, nunca tendrá valor más alto que el valor de ser hombre. Así habla Castilla, un pueblo de señores, que siempre ha despreciado al señorito.

IV
Cuando el Cid, el Señor, por obra de una hombría que sus propios enemigos proclaman, se apercibe, en el viejo poema, a romper el cerco que los moros tienen puesto a Valencia, llama a su mujer, doña Jimena, y a sus hijas Elvira y Sol, para que vean «cómo se gana el pan». Con tan divina modestia habla Rodrigo de sus propias hazañas. Es el mismo, empero, que sufre destierro por haberse erguido ante el rey Alfonso y exigiéndole, de hombre a hombre, que jure sobre los Evangelios no deber la corona al fratricidio. Y junto al Cid, gran señor de sí mismo, aparecen en la gesta inmortal aquellos dos infantes de Carrión, cobardes, vanidosos y vengativos; aquellos dos señoritos felones, estampas definitivas de una aristocracia encanallada. Alguien ha señalado, con certero tino, que el Poema del Cid es la lucha entre una democracia naciente y una aristocracia declinante. Yo diría, mejor, entre la hombría castellana y el señoritismo leonés de aquellos tiempos.

V
No faltará quien piense que las sombras de los yernos del Cid acompañan hoy a los ejércitos facciosos y les aconsejan hazañas tan lamentables como aquella del «robledo de Corpes». No afirmaré yo tanto, porque no me gusta denigrar al adversario. Pero creo, con toda el alma, que la sombra de Rodrigo acompaña a nuestros heroicos milicianos y que en el Juicio de Dios que hoy, como entonces, tiene lugar a orillas del Tajo, triunfarán otra vez los mejores. O habrá que faltarle al respeto a la misma divinidad.

* * *

Entre españoles, lo esencial humano se encuentra con la mayor pureza y el más acusado relieve en el alma popular. Yo no sé si puede decirse lo mismo de otros países. Mi folklore no ha traspuesto las fronteras de mi patria. Pero me atrevo a asegurar que en España el prejuicio aristocrático, el de escribir exclusivamente para los mejores, pueda aceptarse y aún convertirse, en norma literaria, sólo con esta advertencia: la aristocracia española está en el pueblo, escribiendo para el pueblo se escribe para los mejores. Si quisiéramos piadosamente, no excluir del goce de una literatura popular a las llamadas clases altas tendríamos que rebajar el nivel humano y la categoría estética de las obras que hizo suyas el pueblo y entreverarlas con frivolidades y pedanterías. De un modo más o menos consciente es esto lo que muchas veces hicieron nuestros clásicos. Todo cuanto hay de superfluo en «El Quijote» no proviene de concesiones hechas al gusto popular, o como se decía antes, a la necedad del vulgo, sino, por el contrario, a la perversión estética de la corte. Alguien ha dicho con frase desmesurada, inaceptable ad pedem litera, pero con profundo sentido de verdad; en nuestra gran literatura casi todo lo que no es folklore es pedantería.

* * *

Pero dejando a un lado el aspecto español o, mejor, españolista de la cuestión que se encierra, a mi juicio, en este claro dilema: o escribimos sin olvidar, al pueblo, o sólo escribiremos tonterías, y volviendo al aspecto universal del problema, que es el de la difusión de la cultura, y el de su defensa, voy a leeros palabras de Juan de Mairena, un profesor apócrifo o hipotético, que proyectaba en nuestra patria una Escuela Popular de Sabiduría Superior.

La cultura vista desde fuera, como la ven quienes nunca contribuyeron a crearla, puede aparecer como un caudal en numerario o mercancías, el cual, repartido entre muchos, entre los más, no es suficiente para enriquecer a nadie. La difusión de la cultura sería para los que así piensan –si esto es pensar– un despilfarro o dilapidación de la cultura, realmente lamentable. ¡Esto es tan lógico!… Pero es extraño que sean, a veces, los antimarxistas, que combaten la interpretación materialista de la Historia, quienes expongan una concepción tan espesamente materialista de la difusión cultural.

En efecto, la cultura vista desde fuera, como si dijéramos desde la ignorancia o, también, desde la pedantería, puede aparecer como un tesoro cuya posesión y custodia sean el privilegio de unos pocos; y el ansia de cultura que siente el pueblo, y que nosotros quisiéramos contribuir a aumentar en el pueblo, aparecería como la amenaza a un sagrado depósito. Pero nosotros, que vemos la cultura desde dentro, quiero decir desde el hombre mismo, no pensamos ni en el caudal, ni en el tesoro, ni en el depósito de la cultura, como en fondos o existencias que puedan acapararse, por un lado, o, por otro, repartirse a voleo, mucho menos que puedan ser entrados a saco por las turbas. Para nosotros, defender y difundir la cultura es una misma cosa: aumentar en el mundo el humano tesoro de conciencia vigilante. ¿Cómo? Despertando al dormido. Y mientras mayor sea el número de despiertos…

Para mí –decía Juan de Mairena– sólo habría una razón atendible contra una gran difusión de la cultura –o tránsito de la cultura concentrada en un estrecho círculo de elegidos o privilegiados a otros ámbitos más extensos –si averiguásemos que el principio de Carnot-Clausius, rige también para esa clase de energía espiritual que despierta al durmiente. En ese caso, habríamos de proceder con sumo tiento; porque una difusión de la cultura implicaría, a fin de cuentas, una degradación de la misma que la hiciese prácticamente inútil. Pero nada hay averiguado, a mi juicio, sobre este particular. Nada serio podríamos oponer a una tesis contraria que, de acuerdo con la más acusada apariencia, afirmase la constante reversibilidad de la energía espiritual que produce la cultura.

* * *

Para nosotros, la cultura ni proviene de energía que se degrada al propagarse, ni es caudal que se aminore al repartirse; su defensa, obra será de actividad generosa que lleva implícitas las dos más hondas paradojas de la ética: sólo se pierde lo que se guarda, sólo se gana lo que se da.

Enseñad al que no sabe; despertad al dormido; llamad a la puerta de todos los corazones, de todas las conciencias; y como tampoco es el hombre para la cultura, sino la cultura para el hombre, para todos los hombres, para cada hombre, de ningún modo un fardo ingente para levantado en vilo por todos los hombres, de tal suerte que tan sólo el peso de la cultura, pueda repartirse entre todos; si mañana un vendaval de cinismo, de elementalidad humana, sacude el árbol de la cultura y se lleva algo más que sus hojas secas, no os asustéis. Los árboles demasiado frondosos necesitan perder algunas de sus ramas, en beneficio de sus frutos. Y a falta de una poda sabia y consciente, pudiera ser bueno el huracán.

[La Vanguardia, 16 de julio 1937]
Antonio Machado